miércoles, 15 de junio de 2011

Para un pequeño desespero.

Hoy voy te apuntar con mis manos sucias de esta grasa que vos nunca tocaste, porque vos cargas en demasía la delicadeza. Hoy quiero decir sólo cosas dulces, como por ejemplo: necesito tu cabeza en mi hombro de tus cariños, de mis uñas en tu espalda. Preciso. Simplemente necesito de tu existencia.

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Yo soy mi propia invención de Sabina: Tanta levedad, tanto trabajo en alejar lo no es esencial y hoy estoy tan leve que eso pesa sobre mí. Soy también Teresa teniendo pesadillas contigo y esperando que al despertar vos me bese delicadamente mis uñas.

Mis dolores son sencillos y tiernos. No hay belleza en ellos y ni dramas. Tengo si algunas miopías ancestrales, no, tengo una cosa más: Cegueras ancestrales de un blanco tan espeso que mal puedo dormir. Mi ceguera está llena de luz.

Me olvidé por completo como se camina, no porque me faltan pies. Porque me faltan tus manos (en las mías). Proseguimos desvariados que somos. Para llegar exactamente donde?

No tenemos cualquier idea de nuestro futuro, ya que mal delineamos nuestro presente. No sabemos lo que somos uno para el otro, y si sospechamos, lo hacemos con mucho cuidado y no nos entreguémonos a lo desconocido de nosotros mismos.

Sin embargo presentimos, sin muchas definiciones, en clarividencia.

Tal vez amar, sólo tal vez, sé un cuarto gigantesco y oscuro donde en desespero buscamos luz. Sabemos que la noche nos cubrirá y no que podemos abrir las ventanas, porque abrirlas sólo nos serviría para sentir la brisa sucia de otros tiempos.

Aún así persistimos: Buscando la luz abrimos las ventanas, sentimos el polvo caliente de tantos otros septiembres, de tantas otras despedidas y nos centramos en la coraza, donde podemos ver todos los balcones de todos los departamentos de aquella nuestra calle donde solíamos caminar en plena primavera, nombrando a las mismas flores con los mas distintos nombres. Porque así vos querías y así lo era. Y todo tiene sentido, calmo y suave. Creo en tus nombres inventados, como si ellos desde siempre nombrasen aquellas flores de otros nombres.


Seguimos buscando la respuesta cierta.

Como caballos blancos que corren por un campo de girasoles con amapolas en las márgenes.

Tiago Fabris Rendelli

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